miércoles, diciembre 17, 2008

POR FIN, MI LIBRITO


Amigos, gracias a Ediciones del Erizo seré padre de mi primer libro. Se trata de

EL PINTOR DE LAVOES y otras crónicas
mis trabajos periodísticos desde 1991 hasta el presente 2008. Estará a la venta desde el lunes 22 en librerías varias y también a través de pedidos (delivery solo en Lima y algunas capitales de provincia) en el email

elpintordelavoes@hotmail.com

Les garantizo más de 150 páginas de buena lectura, sabrosas historias y personajes que solo este país pudo parir.
Gracias a Rafo León que dejó sus mil ocupaciones para hacer el loco prólogo.
Gracias a Ybrahim Luna, el lunático cajamarquino que hizo la carátula.
Gracias a David Roca por interesarse en este proyecto guardado por diez años.
Gracias a los lectores que se han mostrado interesados en el lanzamiento.

Este libro está dedicado a los estudiantes de periodismo y a los amantes de la crónica hecha en el Perú.

jueves, noviembre 29, 2007

Amigos con VIH en Iquitos

Silvia es fundadora de la ONG Lazos de Vida. Trabaja en la Municipalidad y tiene el poder de la ubicuidad. Se la puede ver engriendo niños con VIH en el albergue infantil de su ONG, probando la correcta sazón de las ollas en el comedor para personas misias con VIH que también dirige y repartiendo folletos informativos y condones en las continuas campañas de información para evitar la propagación del VIH en la Amazonía. Es una tía adorable que ha convertido a Loreto en una de las zonas con menos discriminación.


Robinson tiene anemia y neumonía, perdió 10 kilos en tres días y está en un cuarto del hospital de Iquitos. Esta recaída es normal, me dice. Ha quedado en mostrarme sus trabajos en mimbre en mi próximo viaje a Iquitos.

Víctor Manuel tiene una mototaxi y una esposa que lo ama con locura. Quiso ser marino pero le diagnosticaron VIH y lo dieron de baja por "insuficiencia mental".


Cuando su esposa supo que había sido contagiada por él, Víctor Manuel ya no era ningún patancito con aires de conquistador, sino un enfermo flaco y anémico que se iba en diarreas interminables. Entonces ella decidió que no lo iba a perder.


Lupe se siente orgullosa de su relación. No deja que ninguna enfermedad oportunista se acerque a ninguno de ellos. Ambos toman antiretrovirales y piensan vivir juntos hasta que se mueran de viejos.


Zaida es abuela y portadora del VIH. Al principio no la dejaban tocar a sus nietos, entonces se dedicó a educar a su familia. Gracias a esa campaña en casa, hoy ha vuelto a tener una vida normal.

Esta profesora quiso quitarse la vida con un raticida. Se recupera de una depresión y acaba de enterarse de que tiene como compañero de pabellón a un seropositivo.

Consulta mensual en la oficina del Procetts. El paciente recibe el TARGA, el tratamiento antiretroviral que el estado peruano ofrece de manera gratuita a los infectados con VIH.

En la cola para el TARGA.

martes, octubre 31, 2006

Tenis en Lima Norte. Ermitaño Open

Cada año se realiza en el barrio del Ermitaño, en las alturas de Independencia, al norte de Lima, un torneo de tenis que ha roto con los esquemas de clase social. Vea aquí el reportaje que hicimos para Cuarto Poder de América Televisión.

REPORTAJE: Ermitaño Open. Alan, Luigi, Cenisario, Cusi, Beltrán y sus partners

sábado, julio 22, 2006

SOL DE LOS INCAS

La esperada salida del Sol en Tres Cruces

El sol emergió de la bruma como una moneda de oro de un tazón de leche. Habíamos soportado el frío polar de Tres Cruces desde las 4:30 de la madrugada para gozar de este instante: la salida de sol más impresionante del mundo. Y es que desde este empinado punto de los andes se puede mirar sin barreras la llanura amazónica cubierta por un colchón de vapor, de tal manera que la aparición del astro rey suele estar acompañada de alucinantes efectos visuales provocados por la humedad en lontananza.

Algunos dicen que el sol sale bailando, otros que aparece triplicado, otros que emerge como un hongo atómico y también que el cielo se tiñe de los siete colores de la bandera cusqueña. Pero, así como algunos quedan maravillados por el espectáculo, otros avistadores de amaneceres suelen llevarse enormes fiascos cuando la neblina cierra la cortina del horizonte. Felizmente la suerte nos sonrió: las estrellas relucían limpias desde la madrugada y pudimos ver la redonda combustión solar en medio de un remolino de lava junto a cerca de mil personas cuyos vehículos habían convertido la dorada pampa de ichu en una playa de estacionamiento en medio de la nada.

Ahí estaban, aplaudiendo el prodigio, imitando el cocoroco del gallo, accionando sus cámaras fotográficas, envueltos en frazadas, viajeros llegados de medio mundo. Una multitud convocada en un inquietante culto panteísta. Pero no todos se declaraban satisfechos. Algunos juraban que habían asistido a amaneceres más deslumbrantes en Tres Cruces. Que este apenas había rozado lo mágico. Que había sido una mañana más en sus vidas. Que en verano las condiciones climáticas favorecen la nitidez de la aurora.

Nosotros -que nos frotábamos las congeladas manos con afán- estábamos satisfechos. Tres Cruces, a cinco horas del Cusco, y a solo dos de Paucartambo (a donde habíamos ido para ver la fiesta más colorida del Perú), es uno de esos lugares que uno mantiene en su lista secreta de rincones remotos por visitar y a los que se accede por azar más que por voluntad.

El sol apareció para nosotros limpio y sin pompa, como una alegoría de que lo simple también es celestial.

Aquí uno puede adivinar la emoción de los primeros cultos andinos. Y aquí queda demostrado que el Perú, sin océano oriental y gracias a un estratégico punto ubicado en una cornisa suspendida sobre la selva, también es la tierra del sol naciente.





jueves, julio 06, 2006

RITOS DEL VIEJO PERÚ

Un culto moche enterrado hace 1700 años revivió gracias a la televisión. Retratos hechos durante la grabación de un reportaje en la TV peruana sobre el hallazgo de una tumba real en el complejo arqueológico El Brujo. Ver aquí mismo el artículo Resurrección Moche. Actores: Pikala, Alan (oficiantes del culto), Ever (guardián) y Carla (la sacerdotisa y gobernante Señora de Cao). Vestuario: Fundación Wiese. Locación: Mamacona. Asistente: Raúl Arrese.








Verónica Linares, conductora de noticiero matutino de América TV.


viernes, junio 30, 2006

SALSA EN SU SALSÓDROMO

Graffiero "Salsa", chalaco y criado en Puerto Nuevo, timbea los aerosoles y crea fruta prohibida.

CALLAO PEOPLE

Retratos callejeros en el primer puerto peruano




Estas fotos fueron tomadas durante la grabación de un reportaje para Cuarto Poder, de América TV, sobre las nuevas expresiones callejeras relacionadas al hip-hop y el reggaeton. De arriba a abajo, El Kasike ante el mural dedicado a un compañero de barrio caído en un lío de pandillas. El Kasike es un extraordinario compositor de líricas urbanas, fiel a su identidad barrial chalaca y esquinera, y ajeno a las divisas del negocio musical. Lo acompaña al fondo Purita Perla, joven rapero admirador de Lavoe y con una visita a Centro América en su haber, donde cantó para las maras (pandillas salvatruchas) gracias a una invitación inesperada de un lejano admirador de sus expresiones artísticas crudas pero cargadas de esperanza. Ambos son solo parte de la batería de Callao Cartel.

La segunda foto retrata a Míster Camaleón entre precoces seguidores en Chacarita. Camaleón es conocido como el Daddy Yankee peruano y también se hace llamar El rey del mambo. Continúa en la galería Kid Chaflán, segunda voz de New Port Reggaeton, grupo con sede en Puerto Nuevo, dícese el primer asentamiento humano del Callao y temido por el calibre de sus gangsters. Entrar a Puerto Nuevo es una peligrosa aventura que muy pocos están dispuestos a asumir, pese a que dentro de la ciudadela levantada con trozos de madera habite mayoritariamente gente dedicada al trabajo honesto. La foto siguiente es otro personaje de este barrio construido junto al puerto marítimo.

La señorita vestida con harapos es bailarina de 3MC Boom, dúo reggaetonero formado por Istar (junto a ella) y Kale, quienes aparecen juntos en otra foto más abajo apoyados en los muros de la fortaleza Real Felipe. Istar y Kale fueron teloneros de Daddy Yankee en el único concierto que dio en Lima. La siguiente toma revela a un joven padre de Chacarita y a su hijo copiando el look paterno. Siguen tres integrantes del ya mencionado Callao Cartel, aquí con el grafitero Salsa al medio, autor de una monumental obra retratista desperdigada por las callejas del puerto. Terminan la exposición Los Diamantes, combo de Ventanilla -la zona más periférica del Callao- ante extraordinaria muestra de arte callejero. Una foto yapa al final: padre de familia con maquillados críos.








miércoles, junio 14, 2006

COMO SER UN CAMPEON Y no morir en el intento



Garra colorada. Lecciones del profesor Jorge Huamán, verdadero ajiseco del polvo de ladrillo y de innumerables superficies. Sus arduas clases contagian la sed y ponen fitness.
Búsquelo en la Federación de Tenis del Campo de Marte y en varios otros clubes particulares de Lima. Celular 99592313.




viernes, junio 09, 2006

RESURRECCIÓN MOCHE


Arqueólogo Régulo Franco y murales encontrados en la Huaca de Cao Viejo.

Cerca del melancólico poblado de Magdalena de Cao, camino a la playa, se yerguen tres jorobas de tierra. Parecen simples colinas pero en realidad son colosales cápsulas del tiempo. La más pequeña, Huaca Prieta, cobija cinco mil años de historia. Empezó a levantarse cuando la agricultura era todavía un experimento porfiado de un grupo de pescadores en harapos. Los buscadores de tesoros saquearon las otras dos, pero no consiguieron destruir sus cámaras secretras que hoy salen a la luz.

Hace diez años llegó aquí el arqueólogo Régulo Franco traído por su mecenas, el millonario y filántropo Guillermo Wiese de Osma. Dueño entonces del banco que lleva su apellido, el viejo quería que su dinero produjera un hallazgo tan grande como la tumba real del Señor de Sipán, que por la fecha era la estrella de la revista National Geographic.

Régulo Franco había estado investiganco polvo muerto en el Templo Viejo de Pachacamac, en Lima. El millonario lo sacó de ahí a toda velocidad. "No pierdas más el tiempo. Tenemos que hacer otro descubrimiento así", le dijo mostrándole la revista recién impresa. No se detuvieron hasta Cao, donde los brujos seguían celebrando viejos ritos en las ruinas que se habían propuesto explorar.

Las excavaciones dieron frutos. En la huaca Cao Viejo se encontraron los primeros murales mochica en relieve de la arqueología moderna. Una legión de formas míticas salió de las profundidades para apoderarse de la vida de los hombres modernos. El degollador arácnido mostró las cabezas recién cortadas. Los prisioneros desnudos con los penes desangrándose empezaron a desfilar penosamente en las grandes plazas. Los oficiantes de los ritos sangrientos volvieron a cogerse de la mano.


Detrás de una pila de adobes se encontró un asombroso calendario compuesto por una miríada de seres míticos, entre ellos reyes que caminan en cuatro patas. Guillermo Wiese murió en 1999 y no pudo disfrutar del más grande hallazgo del valle hasta la fecha.

Casi en la cumbre de la pirámide de Cao Viejo Franco desenterró este año la tumba intacta de la única mujer gobernante conocida hasta ahora en la historia del Perú. Como correspondía al entierro de tremenda dama, con ella habían sido sepultadas sus exquisitas joyas rituales. Pude apreciarlas en los rústicos laboratorios del complejo arqueológico. Más que la regia corona en forma de útero, me gustó una nariguera con alacranes que debió de verse espectacular sobre los labios de la temible reina. En sus brazos momificados caminan arañas y serpientes. La reciente carátula de National Geographic destaca esos tatuajes, algo que hubiera arrancado gritos de dicha al ricachón Wiese.

Una cerámica que reproduce a una curandera imponiendo las manos revela que la reina también era hechicera. La momificación perfecta del cuerpo es otra exclusividad de la tumba descubierta en un patio adornado con deslumbrantes murales a color donde cimbrean los lifes. Los lifes son peces resbaladizos de agua dulce que mis abuelos norteños me enseñaron a disfrutar, pero que ya pocos conocen a pesar de su extraordinario sabor. Me sentí cómplice gastronómico de la soberana. Quizá murió al dar a luz. Tenía veinticinco años. La contemplé diminuta y frágil en una caja que la protege del aire moderno. Un arqueólogo nacido en la zona me dijo sin bromear que se había encariñado con la momia y la consideraba su bisabuela.

Junto a las primeras noticias de su hallazgo, la momia apareció desnuda en televisión, es decir no en poses de glamorosa modelo, sino libre del opulento fardo que la había arropado en su largo sueño. Ciertos grupos indigenistas de América se indignaron por esa falta al pudor. Ahora sus custodios cubren la difunta vagina y los senos tiesos ante la cercanía de cualquier aparato fotográfico. Estuvo 1700 años enterrada mientras los saqueadores huaqueaban a su alrededor, pero ninguno supo encontrarla.

Pocos saben que, desde que llegó aquí, Régulo Franco estuvo cuidando las pirámides con su vida. Antes de los hallazgos que hicieron famosa a estas viejas catedrales moche, el arqueólogo cusqueño tenía que vivir acompañado por guardaespaldas. Durante siglos las huacas de la costa fueron yacimientos mineros. Los huaqueros y los dueños blancos de las extintas haciendas extrajeron enormes riquezas -joyas de oro, textiles, cerámicas de lujo- sin rendirle cuentas ni siquiera a su conciencia. La costumbre empezó con los conquistadores españoles, que saquearon las soberbias tumbas del imperio Chimú en Chan Chan, donde los soberanos se habían hecho enterrar hasta con 300 súbditos y con cantidades de tesoros equivalentes a su poderío.

Régulo no hizo caso de las amenazas de muerte ni de los sabotajes viles que los huaqueros y los traficantes de riquezas prehispánicas infligieron a su trabajo. Su labor científica dejaba sin sangre al lucrativo tráfico de reliquias que había convertido el venerable suelo moche en una coladera. Régulo entendía que su misión era salvar la historia. Y que era una misión predestinada.



A mí entender el pasado nos está enviando mensajes, quizá órdenes. El hallazgo en 1987 del señor de Sipán desató una profunda revolución cultural en el norte peruano. El cadáver de un rey muerto dio más lecciones que cien ministros de educación. Los lambayecanos ahora miran hacia su pasado con tanto orgullo como los cusqueños. La Señora de Cao se acaba de levantar de su cápsula del tiempo para continuar su gobierno completamente muerta. Los moche creían en la vida después de la muerte. Pero quizá no era el tipo de vida que habíamos imaginado.

domingo, junio 04, 2006

El Museo de los Sentidos

Un recorrido por un centro cultural de Nueva York donde no existe la censura


El Empire State Building, el rascacielos más alto de la ciudad, exhibe su persistente erección de cincuenta años y pico en plena Quinta Avenida, justo debajo del ombligo de Manhattan. Nueva York siempre tuvo fama de ciudad excitada. Apenas seis cuadras abajo, en la Calle 27, en la misma Quinta Avenida, es posible distinguir un modesto edificio que desde hace poco figura en las guías oficiales de turismo, al lado de otros museos famosos de la Gran Manzana. Se trata del Museum of Sex, un rincón que atrae a viajeros de todo el mundo.
El Museo del sexo no recibe tantos visitantes como el Museo de Arte Moderno, MoMA, donde uno puede pasar el día entero entre Picassos, Van Gohgs y petrificados admiradores del arte, ni tiene tantos fans como el Museo Americano de Historia Natural, donde los dinosaurios parecen otear un descuido para engullirse a los visitantes. El Museo del sexo es, al contrario, un arsenal discreto y oscuro, que otorga a la pornografía un lugar entre las artes y oficios que enaltecen -o, al menos, mantienen ocupada- a la humanidad.

Un falo de dos metros de altura, hecho con rosas artificiales, regalo del semanario neoyorquino The Village Voice, se yergue como rosado vigilante junto a la boca de un oscuro pasadizo que conduce a la primera sala. En el piso se proyectan escenas en picado de gente caminando en la calle, gente ajena a la aventura cultural que el visitante está por comenzar.
Un par de muestras temporales cubre casi el 60 por ciento del edificio de dos plantas. La que recibe al público en el primero es Hombres sin trajes (Men without suits), exhibición multimedia que pone en pose al cuerpo masculino desde los albores de la civilizacion occidental (estatua de Kouros sin circuncidar) hasta el destape del señor músculo en el siglo XX, cuando fornidos muchachones peinados con litros de gomina eran convencidos de fotografiarse tolacas en nombre de la aestesia, es decir de la diosa salud. De ahí a la revolución gay no hay más que tres metros de fotos (marineros y capitanes, naipes mostrando soldados de todas las razas con las armas en descanso) y una vieja cómoda de soltero maduro, con colonias Old Spice, un televisor con betamax exhibiendo sesiones de lucha grecorromana al desnudo y cajones ahítos de revistas para hombres solos.

La segunda muestra, Stags, Smokers & Blue Movies, instalada en las penumbras de una habitación del segundo piso, es una muestra de los primeros filmes porno. Ocho películas de inicios del siglo XX ventilan sus tramas sin descanso. Por ejemplo, Buried Treasure, 1929, uno de los primeros dibujos animados porno y que trata de un libidinoso personaje, contemporáneo del primer Micky Mouse, que debe gobernar a su temperamental miembro viril, capaz de separarse de la entrepierna del enfurecido amo para correr con patitas testiculares en busca de sus propios vacilones. Es la historia de un esclavo de su pene.
No menos interesate es The Casting Couch, 1924, porno dura y muda que satiriza desde esa época las prestaciones que ciertas actrices novatas debían rendir a los mandamases de Hollywood, en pos no de la patadita debutante sino del decidido empujón rumbo al estrellato. Aquí tambien puede verse una rareza del cine mudo, la frenética cinta homoerótica Tres Camaradas, 1928, en la que un grupo de marineros se trae abajo un humilde camarote gracias a sus vigorosas maniobras en proa y popa.
El público aquí circula cabizbajo (las películas se proyectan sobre sendas mesas blancas) y se detiene a contemplar las evoluciones en blanco y negro, granulosas, pero vivas, de actores que hace tiempo descansan bajo tierra y que dejaron como testimonio histórico su indesmayable entrega al séptimo arte. Son cintas underground que fueron estrenadas al abrigo de la clandestinidad, en clubes de hombres, en fraternidades exclusivas y que solían terciarse con la visita de prostitutas, si es que una redada policial no ponía fin a la función.

Este museo es bilingüe. El anfitrión es Rodrigo García, mexicano que tolera cámaras fotográficas, pero no filmadoras, para evitar el pirateo de sus reliquias cinematográficas. “Los visitantes vienen con curiosidad. Creen que se trata de una sex shop como las que abundaban en Times Square o las que hay en Amsterdam. Pero encuentran un lugar que ofrece un recorrido por la historia sexual de América”, señala con gravedad.
La sala que más demora a los curiosos es la que alberga a la exposición permanente. Quizá no llamen tanto la atención los vibradores a manivela del año 1900 ni los calzones de cuero y fierro para desmoralizar adolescentes onanistas, ni una ingeniosa orgía en historieta protagonizada por los muñecos de Walt Disney, sino una delirante colección de pretenciosos inventos sexuales. Aquí yace suspendido entre cables de nylon el primer traje cibersexual de la historia. Armado en 1993 por Stahl Stanslie y Kirk Woolford, el Cyber SM, que más parece una máquina de terror, buscaba proporcionar al consumidor solitario una enervante gama de estimulaciones multisensoriales extremas, desde cosquilleos y masajes, hasta correntadas de dolor vivo. El usuario atrapado entre estos alambres retorcidos, casco, fajas, correas y pinzas para tetillas debió sentirse como un castigado personaje de Matrix, si es que no terminó electrocutado y con una tremenda cuenta por electricidad. Lo cierto es que ningún visitante ha pretendido ponerse el traje hasta ahora.

Al centro de la sala, capturando una prolongada atención, destaca un sillón de dentista. O más bien de ginecólogo. Se llama The Trill Hammer y es el consolador más aparatoso del mundo. Todos esos accesorios de acero pulido que sirven para izar piernas o sostener brazos no buscan sino acomodar a una dama sobre un pene de látex de generosas proporciones. El giro constante del falo sintético, como la cabeza amenazante de una cobra, se convierte en el eje de este silencioso salón a veces violentado por nerviosas risitas y alaridos provenientes de un monitor interactivo que ofrece al visitante videos en los que mujeres reales abusan del Trill Hammer a toda su potencia. Los creadores de este electrodoméstico para damas apuradas son Dan Siechert y su feliz esposa Jan, ambos -más parecidos a pastores evangélicos- lanzando risas desde un retrato colgado en la pared.
También hay aparatos que no requieren baterías, las llamadas fucking-machines, como la mecedora erótica Monkey Rocker, inventada por Allen Stein, y que es una especie de bacinilla con agresiva sorpresa emergente. Y la 2-2 Tango, una lanza fálica a manivela que requiere de un cómplice con cierta puntería.

En esta galería se prohíbe tocar, pero una obra sí admite caricias. Es un torso femenino de generosos senos, fabricado con el mismo material sintético de las real dolls (las muñecas que brindan una sensación táctil muy parecida a la piel humana. Una de ellas observa al público, boaquiabierta, dentro de una vitrina). Aunque unos caracteres claman tocar con delicadeza, los pechos lucen la insanía de algunos visitantes: les arrancaron los pezones. La vigilancia en el museo ahora es constante. Hace poco un turista fue sorprendido garabateando un cuadro valioso. “Es como si este museo pusiera al descubierto muchas emociones raras”, señala uno de los guardianes.
Al fondo de la galería, detrás de las exhibiciones de revistas, artefactos ópticos de efecto 3D, y pinturas originales del ilustrador Keith Haring, se ubica un discreto rincón para la soledad del cinéfilo. A diferencia de la exposición de cine mudo antes mencionada, aquí se muestran las joyas de la edad de oro del cine porno a color. Como se trata de un museo y no de un cine tres equis común y corriente, las películas son antecedidas por textos que explican su ubicación en el tiempo, las motivaciones de los directores y el impacto que sus piezas de entretenimiento generaron en su época. Gran cantidad de turistas llegados de Japón y Corea se acomodan en los cubos que sirven de butacas y, con curiosidad antropológica, abren los ojos para asombrarse con las atléticas maniobras del amor occidental.
Mientras los orientales quieren verlo todo con la nariz pegada a los cristales, los occidentales se muestran pudorosos y anteponen distantes risas y comentarios sarcásticos ante las fotos, estereoscopías y películas que se airean con alegre desenfado. Sólo un anciano muestra con total sinceridad su alegre asombro, sobre todo ante el olograma en tamaño real de un erguido culo de negra.

El principal contribuyente de este espacio que ruboriza a muchos visitantes criados en la fe cristiana es el ex curador de la Librería del Congreso Ralph Whittington, quien en los años setentas, a falta de quien lo hiciera seriamente, se puso a coleccionar y catalogar todo el material porno que caía en sus incansables manos. También reunió más de 400 películas, 700 videos, 1500 revistas, muñecas inflables y negrísimos zapatos de mujer, uno de sus más caros fetiches. El mismo Whittington (y otros especialistas) diserta para quien quiera oírlo desde un monitor dispuesto en una especie de confesionario.
Pero el fundador del Museo del Sexo es el diseñador de páginas web Daniel Gluck, que el 2002 inauguró este lugar dotándolo de un arsenal de curiosidades que suele renovarse. La primera muestra se llamó Cómo Nueva York cambió el sexo en Estados Unidos. Es obvio que aquí falta por lo menos una referencia a los huacos eróticos de la cultura Moche, si pretendemos hablar de sexualidad humana, pero el museo tiene apenas tres años y el fundador confía en la generosidad de sus benefactores y simpatizantes. Si usted quiere colaborar con la Fundación, escriba a collections@museumofsex.com

El merchandising del MOS es colorido y apunta al bolsillo alegre. La tienda de souvenirs exhibe probados tratados sexuales, manuales con consejos íntimos para sorprender a la esposa apática, llaveros hilarantes, cremas facilitadoras, tazas para el desayuno en la cama, condones dulces, polos del museo, redondos senos de látex para combatir el estrés, consoladores de distintas blanduras y durezas y hasta dotados con orejas de conejito y rellenos con bolas de acero. Y sobre todo hay aquí decenas de revistas con los trabajos fotograficos más asombrosos. Los visitantes salen del museo con la sensación de haber hecho el amor con Nueva York.
Afuera, el Empire State Building surge más rígido que nunca.


Original publicado el 2005 en La Primera.

Caciques del Tenis

Un deporte que la FPT del Campo de Marte ha convertido en una disciplina al alcance de todos los que puedan pagar diez soles la hora de cancha y agenciarse por lo menos una raqueta de la Cachina. En este universo de arcilla y solcito, de partners y sporades, triunfa el espíritu guerrero de muchos profesores, recogebolas y voleadores de origen popular que se adueñaron del deporte blanco y le estamparon su estilo.





sábado, junio 03, 2006

Caballeros de la Raqueta

Distinguidos personajes de la Federación Peruana de Tenis. Glorioso Richie, Miguel, profesor Malqui, Luigi, Cusitito, Badani, Kender y Luigi, Alan, Jack. Al final la guardiana Laika y celoso amo Piazza.










Canes en Cana

ENEMIGOS PÚBLICOS. Conozca el penal de máxima seguridad para perros antisociales.

El Centro Antirrábico de Lima posee una zona de cuarentena con capacidad para mantener cautivos a 125 perros. Es una especie de cárcel canina donde los denunciados por agresión deben purgar una condena que puede culminar en pena capital. La siguiente es una crónica desde la única prisión donde los reos no gozan de beneficios penitenciarios.


Los internos no lucen tatuajes de Sarita Colonia en el pecho. No los necesitan para inspirar terror. Tampoco purgan condenas perpetuas, aunque algunas torvas cicatrices hablen de su bravura criminal. De hecho, no aguantan pulgas. Evite acercarse a sus oscuras celdas. No confíe si le mueven el rabo, si le guiñan el ojo, si le piden un huesito, si lo invitan a una fugaz rascada de panza. Tras el primer lengüetazo amistoso podría surgir una dentellada jurásica. El equivalente a un chavetazo ruin. Mejor recuerde a Hanibal, el caníbal, y evite cualquier cercanía local. Sus prontuarios harían tragar saliva al propio Rintintín y al mismísimo perro del hortelano. No hay pintas, salvo las de algún dálmata. Jamás hubo motines, pero la historia de este presidio registra increíblemente algunos intentos de fuga. Los cerrojos, inicialmente sin tope de seguridad, eran hábilmente descorridos luego de dos o tres inteligentes manotazos. Los perros conseguían salir de las rejas.
Sin embargo la fortificación, consistente en doble verja y muros a prueba de saltos, frustraron esos absurdos sueños de libertad. Aquellos cerrojos ya fueron reforzados y el suelo de concreto impide la posibilidad de un nuevo capítulo de Los Topos, la espectacular fuga de Castro Castro. De aquí no podría escapar ni el perro del Anticristo.
Usted está ante seres confinados debido a sus terribles acciones criminales (morder, arrancar y escupir pedazos de piel, mutilar apéndices nasales, saltar sobre cuellos, triturar brazos, masticar zapatos con pie adentro, y no de sus congéneres sino de seres humanos, sus mejores amigos). Literalmente aquí hay elementos más bravos que los de Lurigancho, sobre todo si hablamos de quién cometió más perradas. La sociedad los condenó y no hay privilegios que valgan. Si Lassie cayera con el hocico en la masa, ni el mejor buffet de abogados de Beverly Hills podría echar sus huesos a la calle. Y en esto no hay perros que valgan.

Can Caliente
Caminando por el pasillo central, al final de un pabellón repleto, nos encontramos con la celda del más famoso reo: Tony, alias Tiburón, bautizado así luego de arrancarle la nariz a un niño en San Juan de Lurigancho. Las crónicas rojas han dado sobrada cuenta de este hecho luctuoso. “Perro arranca nariz a angelito”, titula un diario bautizado cuál órgano de la visión, más que del chineo.
Hace una semana, sin sospechar que sería la última vez que miraba completo a su hijo, Lourdes Bustos besó a Sandro Cuadros Bustos (4) y lo dejó en la casa de su madrina, sita en la cooperativa Santa Úrsula, San Juan de Lurigancho. El niño solía jugar allí con sus primos. Tony, un perro chusco, amargado y nervioso, no representaba peligro aparente teniendo en cuenta el grosor de la soga que le colgaba del cuello.
Pero ese día (¿dónde te habías metido San Antonio?), Tony calculó un ataque sorpresa. Se libró de la soga e irrumpió en el cuarto donde su víctima jugaba inocente. Como en un concierto de imágenes sucesivas y a la vez congeladas en el espacio (ver Matrix Reloaded), el can se lanzó contra el rostro del menor y, según Ojo, de un solo mordisco le arrancó la nariz, dejándolo tendido en un charco de sangre. Ahora, mientras los padres del infortunado niño (interno en el Instituto del Niño) solicitan ayuda, Tony nos mira con ojos inyectados desde el fondo de su merecida celda. Sus amenazas no nos amilanan y nuestra valiente reportera gráfica se acerca lo suficiente para retratar el rostro del delito. “Canebo” no podría verse tan feroz. Su ficha de ingreso registra el 19 de mayo. Está condenado a muerte por inyección letal. Como protesta, ha destrozado los baldes donde recibe el agua y sus alimentos.
“Desconozco los detalles del ataque pero es probable que los niños hayan fastidiado al perro”, dice la directora del centro, doctora Mónica Villanueva Herencia. “Hay canes que no están acostumbrados a los menores y reaccionan violentamente”.
Estos canis familiares con traje a rayas deben ver a la directora como a una Cruela de Vil sin mechones. “Antes decían que aquí les pegábamos a los animales, pero es falso”. La doctora es propietaria de una cocker spaniel llamada Erika, a la que jamás imaginaría presa.
“¿Despiertan alguna compasión en usted esos canes?”, pregunto. “No, no”, enfatiza. “Porque muerden. Si usted viera cómo vienen las personas: desgarradas, con mordeduras múltiples, chicos sin orejas...”
Algunos pacientes que acuden al centro antirrábico fueron mordidos por sus propias mascotas. El dueño suele solicitar el sacrificio del animal. El precio: 10 soles y si te vi no me acuerdo.
Según la ley, un perro agresor debe ser sacrificado. En tal caso la víctima puede presentar un certificado donde conste que el ataque fue causante de más de 15 días de descanso médico, y una solicitud de muerte. Al dueño del bicho solo le queda acatar la ley y organizar una despedida a su condenada mascota. El año pasado fueron sentenciados a muerte tres perros pitbull.

Amores perros
Pero no siempre una mordedura grave culmina en pena capital. La doctora recuerda el caso de un perro que atacó a un individuo hasta arrancarle los dientes de la mandíbula inferior. La víctima solicitó inyección para el can. Pero el dueño contrató a un abogado de presa que, luego de abonarle una generosa suma, convenció al afectado de eliminar la solicitud funesta. El perro salió libre y la víctima hoy luce dientes nuevos. Pero no todos los perros nacen con un abogado bajo el brazo.
La zona de cuarentena del Centro Antirrábico registra de 20 a 30 ingresos mensuales. En el mismo periodo, de 500 a 600 individuos reciben atención por mordida de perro. Solo en el 2002 más de tres mil personas denunciaron en esta dependencia haber sufrido agresiones caninas. Apenas el cincuenta por ciento de los ataques son denunciados.
Tras los barrotes asoman pelajes de toda alcurnia. “Esta es como la casa del jabonero. El que no cae resbala”, sazona la directora. “Todo el que tiene dientes muerde”. Efectivamente, una amplia colección de razas nos gruñe o sacude el rabo. Incluso hay un par de perras (Chata y Laika) en prisión junto a sus cachorros de teta, sus ojos como uvas furiosas y los hijos ignorantes del oscuro destino.
Los pitbull son la raza predominante en esta versión menor de Lurigancho. Huiro, ejemplar atigrado de La Victoria, jaula B39, mordió el 14 de mayo y fue detenido al día siguiente. El sábado 24 (hoy) sale libre. Nil, de Santoyo, tiene una frazadita a cuadros, recuerdo constante de sus amos. Mordió el 13 de mayo y el mismo día fue encarcelado. Tiene una fealdad triste, propia de estos perros de pelea.

Mala pata
Apenas 29 caniles, de 125, están ocupados. La rabia ya no es frecuente en Lima pero sí los perros con colmillos largos. Los presos gozan de un holgado horario de visita. Sus amos les llevan tapers con sopa y camotes o galletas. Algunos les dejan su canasta favorita, los visten con ropas de colores antidepresivos, los miman y alientan, ya faltan pocos días para que salgas. A veces hay llanto recíproco, pero la resignación debe primar. Durante sus primeros días de encierro los canes no comen, hacen huelga de hambre, pero el paso de las horas y el ruido de las tripas te obligan a ceder. Son diez días de prisión, tiempo necesario para descartar la rabia.
Los bichos sin familia son visitados por los amigos de los animales, que además les ofrecen alimentos.
Spike, chusco negro de un año y siete meses, recibe hoy a su ama. Apenas la ve, el perro enloquece. Spike mordió a un niño de 10 años. Le arrancó la mejilla dice la dueña. Por decisión familiar no será sacrificado, lo cambiarán de casa. “Es un perrito bueno, no sé por qué mordió a mi sobrino”, gime doña Corina, que viene desde San Martín de Porras con un balde de sopa de sémola con menudencias. Los otros reos aúllan de envidia.
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Somos, AÑO XVI Nº 859

GERMÁN HUAROTO

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Legendario camarógrafo de América TV y mejor amigo, Germancito se convirtió en noticia el año pasado cuando uno de los hermanos del presidente Alejandro Toledo, Luis Toledo, fue sorprendido por un equipo del programa Cuarto Poder cuando hacía uso ilegal de recursos del Estado. El hermano respondió golpeando con una piedra a Germán. En estas fotos menos traumáticas tomadas en Lambayeque y La Libertad dejamos constancia del trabajo de Huaroto. Y de su gusto por el color tinto, esta vez de la chicha morada.




TIERRAS SICÁN, Ferreñafe (mayo2006)






A una semana de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, llegamos Germán Huaroto y yo a Chiclayo para desarrollar un reportaje de TV sobre el despertar del idioma muchik. Las fotos de esta página corresponden al Museo de Sicán y a su director Carlos Elera. El personaje que encarna al soberano sicán es un actor de la zona que se gana la vida saludando en lengua mochica a los maravillados turistas que arriban hasta este impresionante museo.

Cuando grabábamos una secuencia en el bosque de Pómac, donde se levantan los templos sicán, aparecieron unos jóvenes locales, uno de los cuales aceptó colocarse la corona dorada y declaró sentirse orgulloso de sus antepasados. Recomiendo visitar este poco conocido museo, una fuente de sorpresas a solo media hora de Chiclayo y de sus conocidos museos Bruning y Tumbas Reales de Sipán. En sus galerías puede verse las posiciones en que fueron halladas las momias de dos personajes de la élite Lambayeque (Sicán). La sala dedicada a los tesoros quita el aliento al más distraído.

Los ancianos precoces de Ambo

Dos niños y un espantoso desorden genético


Son jóvenes y viejos a la vez. Él es renegón, depresivo, cascarrabias; cuando se enfada tira objetos al piso. Ella es sigilosa, paciente, se dedica a la costura y rara vez habla. Él escucha mal, hay que hablarle con fuerza, las cataratas amenazan atrofiarle unos ojos que no pueden ver de lejos, tiene los huesos débiles, habla con torpeza, camina con dificultad y se cuida el sensible estómago.

Ella se enferma de los bronquios fácilmente, se cuida de las corrientes de aire y tiene el rostro descolgado y el cuello hundido, como una anciana. A veces salen a jugar con otros muchachos, pero rápidamente se dan cuenta de que no son como ellos.

Angelo y Luz Elvira no tuvieron niñez. A los pocos días de nacidos sus cuerpos comenzaron a arrugarse y se transformaron en pequeños viejos en pañales. Aprendieron a hablar y caminar a la edad en que los demás niños entran a la escuela primaria. Sus cuerpos enfermizos no toleran algunos alimentos y varias veces estuvieron a punto de morir. Tampoco crecieron. Angelo tiene diecisiete años, pero su estatura corresponde a la de un niño de diez. Luz Elvira tiene doce, pero su cuerpo es aún más pequeño.

Hacerles este reportaje fue difícil. Él renegó varias horas, antes de que su madre lo convenciera de sentarse un momento a que le hicieran preguntas, porque siente que padece un mal que lo ubica como una atracción circense, que lo hace presa de las bromas desalmadas de los demás niños y jóvenes, que lo enfurece y lo hace rabiar y porque siente que es inútil, que es ocioso, que ningún doctor viajará hasta la provincia de Ambo, en Huánuco, para verlos y darse cuenta de que su enfermedad no tiene remedio y que su mamá no tiene plata ni un hombre que la mantenga para alimentar a una familia de cinco hermanos y menos para invertir en un tratamiento del que nadie garantiza buenos resultados.

Sólo al segundo día aceptó retratarse. Pero Luz Elvira simplemente no soltó palabra. Ni pío. Se dejó tomar fotografiar resignada, con esa parsimonia dulce de abuelita olvidadiza, y jamás escuchamos su voz. Toda la vida les repitieron que son viejos (en el colegio, en el barrio, en el consultorio del médico) y se sienten viejos. Y se portan como viejos. Y, como buenos viejos, aman la tranquilidad. Y el programa del Chavo.

DULCE ESPERA

Luz Condeso, la madre, recuerda la mesa de partos donde alumbró a su primer hijo. Luego de una vida miserable en la que el trabajo duro se había llevado lo mejor de su juventud, tenía ahora un motivo legítimo para ser feliz. Sería madre. Era el primer hijo de un matrimonio con un ex fabricante de pasta básica de cocaína que la había impresionado por su moto y sus picardías de aventurero, y que la había raptado, a la manera serrana, para que nadie pudiera evitar la unión. De alguna forma ella había terminado raptándolo a él, porque su gran sueño era dejar de trabajar (como empleada, como vendedora ambulante, como campesina) de la manera desaforada como lo había estado haciendo desde que murió su padre, y casarse con un hombre que le diera un hogar tranquilo.

Recuerda las parteras atendiéndola, el dolor en los ojos, el resplandor intenso en su cara, la primera imagen del recién nacido colgado de los tobillos, y recuerda al médico golpeándolo otra vez porque el bebé no podía llorar.

Luz tenía 18 años y estaba nerviosa. El parto se había adelantado más de un mes. Había empezado a sentir los dolores de pronto como si el contenido de su vientre estuviera urgido por salir. El bebé sería prematuro. Sietemesino. Pero no habría mayor peligro, le habían dicho. El médico tomó la mascarilla del oxígeno y la colocó en la cara contraída del niño. Y entonces Luz Condeso escuchó por primera vez a su hijo. Pero se sobresaltó: la voz no era la de un bebé.

A los tres días ese bebé se transformó. Era un niño reseco y débil. Su estómago fallaba puntual. Cada semana debía recibir una ración de suero con vitaminas, pues un defecto en la ligazón de las mandíbulas le impedía beber la leche materna. Luz Condeso, con un bebé arrugado en brazos, un bebé con un trapo alrededor de la cara apretándole las mandíbulas, se preguntaba si aquello no era un castigo divino. Pero, ¿por qué contra ella que siempre había amado a los niños y nunca había hecho daño a nadie? Le hicieron entonces caer en la cuenta del susto. El año anterior, cuando ya sabía que estaba embarazada, había visto desmayarse a un anciano en la calle. La impresión ha hecho que tu hijo salga así, le dijeron sus amigas. Anda dile al anciano que le pase la mano a tu hijo para que se cure.

Luz Condeso lo hizo. El anciano pasó la mano al niño por unos soles, pero nada. Siguió peor. Y nadie sabía lo que tenía. El marido empezó a beber y a buscar pretextos para no volver a casa. Los negocios, se disculpaba. Luz empezó a trabajar, con un nuevo embarazo. La niña nació normal, no se desinfló hasta arrugarse, gracias a Dios. Pero la segunda niña…

Luz Condeso se coge la cara ahora, a sus 35 años, envejecida ella también, en su rústica vivienda de Ambo, mezcla de apretado depósito de carretillas y hogar, y recuerda que la niña también empezó a arrugarse y a enfermarse y – no se avergüenza al decirlo – no hizo nada para que no muriera. Pero no murió. Siguió viviendo enferma, aumentando los gastos y las horas de trabajo de su madre, que también tenía que mantener a un esposo declarado borracho.

Ambos niños se cogían de la vida como un par de monos de los pelos de su madre. Cuánto no rezó, sin ver resultados. Cuántas yerbitas no compró. Fue entonces cuando, angustiada los llevó a Huancayo, a ver si allá los curaban.

La suerte tenía que presentársele algún día. No bien había llegado al inmenso hospital cuando le dijeron que justito estaban aquí un par de médicos norteamericanos atendiendo este tipo de problemas. Un doctor colorado y alto vio los casos y le dijo mirándola a los ojos ya no te preocupes, mamita. No te preocupes. ¿Me entiendes? Tus hijos no tienen remedio. Ya no gastes tu plata curándolos. Van a vivir poco. Compláceles todos sus caprichos. Pero ya no gastes tu plata, mamita. Óyelo bien, tus hijos tienen vejez prematura. ¿Has entendido? Es un mal de los genes.

Entonces ella empezó a relacionar cosas y recordó que su abuela le había prevenido no te cases con ese hombre de la moto, que es pariente tuyo y de parientes nacen monstruos. Recordó que ella misma había sufrido meningitis, que había tragado un montón de pastillas para sanarse. Recordó que su marido había trabajado desde adolescente en las pozas de maceración de pasta básica, inhalando los químicos de las drogas, y que era un alcohólico incurable. Y escuchó que el médico colorado le decía sí, mamita, parece que los genes de tu esposo son los culpables.

Pero tuvo dos hijos más. Sanos hasta hoy. Echó al marido, que sólo llegaba para cumplir con la primera parte de la paternidad, y se acostumbró a su rutina crónica: atender las rachas de enfermedad de sus hijos decrépitos. Y a trabajar como burro.

Pensaba: no haré nada para evitar su muerte. Pero, a la hora del susto, cuando las enfermedades estomacales o bronquiales postraban a sus hijos, se le ablandaba el corazón y encontraba plata para los sueros y las medicinas.

Ahora los chicos pasan por una racha de buena salud. Acostumbrado a la entrevista, Angelo nos sonríe. Se avergüenza cuando le preguntamos por sus amigos: no tengo amigos, responde. Se la pasa escuchando un cassette de Luz Divina, la iglesia evangélica que frecuenta, o mira la televisión. A veces sale a pescar en el río que pasa frente a la casa y, en ese momento, en los afanes de la pesca, vuelve a ser un muchacho jovial.

La niña se retrae como un pollo bajo el ala caliente de la madre. Desde su escondite tibio, nos sonríe también, arrugada. Jamás ha salido de su pueblo. Luz Elvira es aplicada en el colegio pero tímida: en los exámenes orales no habla ni jota. Y siempre la jalan. A pesar que sólo quiere ser una costurera de barrio, se esmera cumpliendo sus tareas.

Angelo fue expulsado del colegio hace dos años. Los profesores le dijeron que debería ir a una escuela especial, que no existe en Ambo. Él dice que quiere ser comerciante, como su mamá, vendiendo caramelos en el mercado. Pero, en realidad, no estudia ni trabaja, y tiene que escuchar las reprimendas odiosas de la segunda pareja de su madre, un rudo técnico en electricidad.

Pero ¿cómo va a trabajar si está enfermo?, se enfurece Luz Condeso, cuando recuerda las resondradas del hombre que la acompaña desde hace unos años y que, dicho sea de paso, se dispone a abandonarla en estos días por otra mujer. Ella pone cara de mejor si se va. Entre las ventas en el mercado y el lavado de ropa ajena, Luz se dedica a ver crecer a sus tres hijos sanos. Empieza a abrigar nuevas esperanzas. Con un carrito salchipapero podría ganar más plata. Terminaría su casa. Pagaría al fin un préstamo al banco. O se iría para siempre de este pueblo donde nunca podrá envejecer feliz.

Después del Terokal


Secretos de las niñas de la calle

Del pasado recuerda poco, pero no se olvida que su mamá le pegaba duro porque ella no quería jugar con muñecas de calzoncitos y mediecitas blancas, sino con pelotas de fútbol, en la calle, poniendo ladrillos para que sirvieran de arcos y sudando la camiseta a goles. Han pasado doce años desde que María, de veintidós años, corte de pelo mismo pandillero, se escapó de su casa y las evidencias son visibles: una cicatriz obscena de oreja a mentón, producto de una mechadera con gillete; otra cicatriz en forma de bola en la cabeza de un palazo dado por un guardia civil al que no le gustaba ver robando a una niña; la boca lineal fruncida de odio y un hijo de dos años que le vino de pronto, nueve meses después que los brazos de un hombre forzudo la agarraran aprovechándose de una de sus borracheras, en una calle de La Victoria donde el alcohol la había tumbado, y se quedara después en el piso temblando con un frío que le nacía del vientre mismo.

Ahora tiene que jugar con su muñeca de carne y hueso, con calzoncitos y mediecitas blancas, y tiene que comprarle los pañales, la leche, algún juguetito y dejarlo a veces en Cáritas, donde los padres le dan comida, cama y unas boletas con estricta hora de salida y de entrada, que las madres deben cumplir para no quedarse otra noche en la calle.

Pero la bebé que ahora tiene en brazos y mece sin mucho instinto no es suya, sino de su mujer, Sara. La suya está con los curas. Y Sara, diecisiete años, pintona, atrevida, desaliñada, cuenta que su asunto ocurrió el año pasado, en una fiesta de Chacalón en la carpa Grau, que estaba borracha, que fue entre varios, que gritó pero nadie le hizo caso y no se lamenta, sino que lo cuenta como quien está diciéndote seria que le salió el acné y que finalmente ya se reventó. Y la bebita las enternece. Es trigueña y achinada como su mamá, cachetoncita y nunca llora, envuelta en una frazadita de lana y las perlitas de la varicela en la mano.

Aquí estamos en el túnel fantástico, la baticueva, la penumbra fresquita. Aquí, debajo del mercado ferial Polvos azules, tienes un patio techado con vista al río de aguas de chocolate de taza para bañarte si sientes calor, aquí tienes los rieles oxidados para sentarte a inflar y desinflar bolsitas como si fueran globos de un oxígeno que tienes que aprovechar hasta las últimas partículas, aquí puedes estar con el bebito en los brazos, aquí llegan los amigos en manchita con sus latitas de pegamento recién compradas, aquí estamos bien.
Hay que soportar el olor solamente, los impúdicos usuarios de la gran letrina, futuro parque del río Hablador. Ellas empezaron a inhalar terokal antes de los diez años, porque así es cuando estás en la calle, tienes que hacer lo que todos hacen, si no, no eres un chico de la calle, un piraña. Conseguir el pegamento es fácil. O lo compras producto de tu laburo en cualquier ferretería ambulante. O llega aquí, mismo servicio a domicilio, paquetitos de terokal traídos por una pareja de travestis zarrapastrosos, con bolsitas gratis, de tal forma que el túnel se vuelve una inmensa pista de despegue. Así salen a las avenidas, con el valor suficiente para arranchar carteras, bípers y relojes.

En cuclillas, Jessica, de dieciséis años, que escapó de su casa hace cuatro años para que su madre no siguiera torturándola a golpes, tiene una hija de un año que sí tiene papá, pero le da vergüenza revelar que su marido está en Lurigancho por robo agravado, pero María y Sara la delatan entre bromas, y sí pues, reconcoe, sí está en Luri pero con el dos por uno saldrá en medio año y van a vivir juntos con la niña.

Él y ella se conocieron el año pasado. Él paraba en la plaza San Martín, lo veía de lejos. Un día estaba corriendo con un reloj en la mano, se metió entre las combis de la avenida Tacna y lo agarró un carro, se rompió la cabeza, se raspó los brazos, a ella le dio pena y lo ayudó, lo empezó a sanar bonito con algodones y agua oxigenada debajo del puente Santa Rosa, hasta que se curó, entonces empezaron a verse en las piedras del río, al borde de los monumentos, en los huecos de las casas viejas. Pero otro día una vieja lo reconoció y lo acusó de haberle robado el bolso y él le juraba al policía que él no era, pero igual lo encerraron.

Eso pasa cuando andas robando en la calle. Como la otra vez, en Grau, se franquea Jessica, estábamos una mancha fumando africano y viendo cómo el Charapita y el Monito, los dos de doce años, se colgaban de un viejo calvo para maquinarlo, el tío asadazo sacó su fierro, su pistola, pues, y pan, pan, le disparó al Charapita en la boca, y pan, pan, al Monito en el pulmón, y nosotros corrimos gritando Charapita, levántate, y el Panca, que es el más grande de la mancha, le quitó la pistola al tío y agarró y pan le disparó en el brazo. El Charapita ya estaba en medio de una mancha negra escupiendo pedacitos de sesos, Charapita, Charapita y se murió en la plaza Grau, con la gente amontonándose. Al Monito lo llevamos al hospital Dos de Mayo, y ahora está flaco, grave y solito allí.

Ahora paseamos por el jirón de la Unión al anochecer. Tres chicas de la calle, ridículamente vestidas, con un bebé, no causan lástima, sino repulsión. La gente se aparta y las mujeres abrazan sus gordos bolsos.
En el Kentucky Fried Chicken escupen la ensalada de vasito, muy dulce, devoran el pollo con las manos, les queda chico, y la mesera ensaya una ancha sonrisa y les trae más mayonesa para combinar con el puré. Ellas aplastan el frasco para que todo el contenido cremoso se meta en el vasito ahora vacío de la ensalada, para más tarde, qué importa que todos las miren con asco. Al rato, se van, se dirigen al único lugar donde se sienten en familia, al lado del río Rímac, con las bebitas y la bolsa de terokal.

En las calles de Lima deambulan mil doscientos adolescentes pegados a una bolsa rellena de goma para unir tubos y pegar zapatos. La mayoría de ellos es asistido parcial o totalmente por distintas organizaciones privadas y estatales. El problema no son las sustancias inhalantes que pueden conseguir. De hecho, pasada la adolescencia, los terokaleros que no vuelven a sus hogares, forman sus propias familias en la calle y se lumpenizan. Del pegamento pasan a consumir pasta básica de cocaína en humeantes toldos levantados con trapos a lo largo de la rivera rimense.

No son culpables de nacer dentro de familias desestructuradas. Casi todos huyeron de sus casas porque no soportaban el maltrato físico. Tampoco la humillación de ser golpeados por un padrastro. Los especialistas aseguran que un niño puede tolerar el castigo paterno, pero no soporta que sea reprendido por una persona extraña, como un padrastro. Pueden soportar la violencia de la calle pero no la que reciben de los adultos.

Casi todos son hijos de migrantes pobres. Carecen por ello de una red de soporte familiar que los refugie. En cambio, el niño pobre con familia limeña generalmente cuenta con alguna tía que pueda resguardarlo. No es la pobreza necesariamente la que los lleva a vivir sin hogar.

Uno de los mitos frecuentes es que si se les asiste en la calle se solucionan todos sus problemas. Quienes han investigado sus conductas dicen que es falso. Llevarles ropa y comida a sus guaridas consigue que perciban la intemperie como un lugar divertido. Además, satisfecha su alimentación y solucionado el vestido, salen nuevamente a robar para comprar droga. Cambiarán cuando dejen la droga, y para ello deberán dejar la calle.

Pero las tres mujeres de la Banda Roja (así se llama la mancha de Jéssica, María y Sara), no quieren volver a su casa, porque ya olvidaron el camino de regreso. Después de muchos años de sobrevivir dependiendo de su rapacidad, viviendo entre los límites que le impone el propio cansancio de sus correrías por Lima, la calle ha conseguido que odien las habitaciones. Ni siquiera se preguntan qué harán con sus hijos cuando empiecen a crecer.

Lima Bizarra

La ciudad creció hacia abajo

Lima no necesita alcaldes cusqueños que se ufanen de plantar pastelones de cemento en las plazuelas vacías. No, Daniel Estrada, recio paridor de la torre de Pisa incaica con su Pachacútec haciendo equilibrio, octava maravilla del mundo moderno y primera cosa que uno ve angustiado cuando llega al Cusco, esta ciudad no te necesita.


Tampoco a usted, actual alcalde qosqoruna que ya quisiera gobernar desde Sacsayhuamán, ideador del monumento a la papa amarilla (¿con su ajicito?) y, por supuesto, de otro, su propio, Pachacútec de dieciséis metros, para que la turista 600 mil que recibió con orgullo fujimorista la señorita Beatriz Boza vea que lo que todo peruano ambiciona cuando se le sube el poder es ingresar a libro de los récords Guiness.


La libre competencia comercial y hasta la libertina competencia religiosa en Lima están superando a la más impetuosa gestión de cualquiera de los burgomaestres cusqueños. Y, según llegan las noticias con urgencia de desastre, la cosa se extiende a otras provincias.


En Chiclayo, al contrario de lo que podría suponerse, no se ha elevado un monumento de concreto imitación barro en honor del Señor de Sipán. Se ha hecho algo peor: el llamado Paseo de Las Musas, con su Partenón de cinco metros de altura, sostenido, cómo no, por cuatro conjuntos de sus respectivas cariátides norteñas de marmolina. También tiene macetas helénicas, bancas peripatéticas y todo, pues, lo que el pujante pueblo lambayecano anhela para sentirse como una metrópoli igualitita a las de Europa, ¿di?
Los rosáceos arcos sin triunfo del parque de Miraflores, con esos pesados frontis que parecen hechos por alguien que odia la vista de los árboles, no por hermosos sino por ser miraflorinos se han puesto de moda en las plazas de armas de los pueblos del interior peruano. Fueron calcados sin gracia y peor pulso, luego de un visita turística de sus autoridades ediles que, demoliendo bellas delineaciones coloniales para reemplazarlas por esos engendros de cemento, creían que le quitaban el olor de olluquito con charqui a su gestión.


Y la Lima enchufada, globalizada y embarazada de ochomillonillizos tiene su toque de Nueva York, un poquito de Calcuta, una pizca de El Cairo, un aire de Hong Kong, un kilo de Tokyo, amén de vírgenes que dan vueltas sobre su eje sin marearse, monumentos en forma de un buitre comiéndose aliancistas, restaurantes a lo castillo de la Bella Durmiente que de sólo verlos indigestan, templos como chifas, chifas como templos y hasta una nueva sede del Colegio de Arquitectos –que reemplaza a la que volaron los senderistas– que todos confunden con la fábrica de Celima o de Pisopak: es un monumento a la mayólica. Si no sonara a herejía, diríamos que cómo no ponen otro camión bomba, caracho.
Pase usted, querido lector, por la avenida Ricardo Palma, en Miraflores. Verá lo que le parecerá la nueva sede de la embajada de Egipto, pero no. Tampoco es una exposición de los tesoros de Tutankamón, enviada piconamente por la tierra del Nilo para malograr la muestra del Señor de Sipán. Esos gigantes de cemento rosado que provocan el curioso manoseo de los transeúntes para saber de qué están hechos, no son versiones talla Margarito de las máquinas de estafa en forma de faraón que leen la suerte por un sol y ayudan a decorar media ciudad. No. Se trata del disparatado exorno de un nuevo salón de juegos,el Memphis, que abrirá donde estuvo el honorable café Liverpool, cerrado por la Sunat (no era tan honorable entonces), institución que debería crear un impuesto a la huachafería, con redada y cierre de local.


Al frente de estos monigotes se eleva el majestuoso restaurante Villanova, carísima obra arquitectónica erizada de tejados verdes que le dan a Miraflores un novedoso aspecto de palacio de diversiones de Orlando. ¡No, por favor, ningún anfitrión lo atenderá disfrazado de ratón Mickey! Por lo menos, sus cocineros sí tienen buen gusto.


Pero, hay otro engendro de igual laya en la avenida Prescott, San Isidro. Quienes miran y remiran esas lunas oscuras empotradas en un frontispicio neoclásico sobre escalinatas palaciegas y columnas rojas, no lo relacionan con la función simple de ir al chifa y pedir una inca kola con tus wantanes. Unos creen que es un templo de nueva secta californiana que quiere competir contra la iglesia de los Mahikari (otra pagoda mastodóntica en Lince, donde algunos, creyéndolo chifa, terminan recibiendo impostación de manos). Pero en realidad es un restaurante cuyo nombre le cae bien: Royal, el mismo alias de las mazamorras. Es un restaurante chino, con dueños chinos auténticos, de Hong Kong, señol, quienes no aguantaron la nostalgia y construyeron tamaña casona con el mismo estilacho escénico de película de Bruce Lee con que se construyen los restaurantes por allá.


Vayamos ahora a la avenida Alfonso Ugarte. El Museo de la Cultura Peruana (nótese las mayúsculas) tiene ya cincuentaiún años, pero todavía siguen confundiéndolo con una tienda de artesanías de la avenida La Marina. En realidad tiene la misma pinta: paredes de cemento imitando muros de piedra, concepción grandilocuente y turística de la vida, donde se mezclan a la prepo las arquitecturas inca y tiahuanaco, representada ésta por un par de guardianes monolíticos que entusiasmarían a Indiana Jones.
Dirijámonos a la avenida Pershing. No existe salón de juegos como el New York New York. Y de seguro no lo habrá. No puede haberlo. El decorador ha querido inocentemente, y para alegría ocular de los transeúntes, representar en una sola esquina limeña toda la magia y colorido de la ciudad de los rascacielos. Una estatua de La Libertad, una versión llavero del Empire State Building, muchos edificios con ventanitas de colores. Qué lindo. Este tipo de locales da ese ambiente de ciudad cosmopolita a Lima. ¿Pero por qué mejor no lo construyeron en Huacho?
Finalmente, vamos al templo de los Hare Krishna, disimulado en el kilómetro 32 de la carretera central. Uno ve allí surgir entre las ramadas unas cúpulas rosas como huevos de corral. Entre y vea al Taj Majal de Chosica, sólo que hecho de cemento, con altorrelieves de cemento y lunas de fibra de vidrio. Nos explican las criaturas entunicadas que viven allí que el edificio, inaugurado en 1990, recoge el estilo de varios templos hinduistas (un elefantito de Madras, un pavorrealito de Bramaputra, un Krishnita de Bombay) y que son felices comiendo yogur. ¡Dichosos quienes viven en un cómic!
¿Por favor, cuál es el número de la compañía de demoliciones?

Inventores sin Patente

Peruanos que usaban la cabeza

Que las aves descienden de los lagartos como los hombres del simio es cosa que pocos saben. Pero que Luis Serrano fabrique correas, zapatos y casacas con piel de pollo, con la misma textura escamosa de los más finos cueros de reptil, es algo que pone la piel de gallina a quienes sólo conciben al plumífero servido con papas fritas. El inventor leyó su fortuna en una pata abierta de pollo cuando vislumbró una industria novedosa que volaba con sus propias alas. Pero en el Perú también se inventó la mala suerte y Luis Serrano recibió una teatral promesa de ayuda económica de la misma boca del ex presidente Alan García Pérez –otro gran inventor– para que pudiera abrir la primera gran curtiembre de cuero de pollo, promesa que ya se hizo aguadito. Pero el hombre no se desanima. Sigue pelando patas, recogiendo de la basura lo que otros desechan y, buen tercermundista, preparando aromáticos caldos de huesecillos de pollo. Porque en el Perú nada está para botar.
Inventar es, en esta tierra, asunto doloroso, no sólo por el uno por ciento de ciencia y el noventainueve por ciento de impaciencia, sino porque el producto de cientos de inventores nacionales se va inevitablemente a los basurales de la indiferencia y a los archivos bienaventurados de la oficina de Patentes, con sus respetables formas de asegurar unas ideas que la falta de dinero nunca harán realidad.
Por donde se mire, el Perú es inventiva memorable y genialidad al paso, quipu ancestral pero también robo de reloj por modalidad de mariposeo, asombroso malabarismo del yo no fui con registro nacional. Para refractarlo Javier Gazzo tiene listo un prototipo de billetera con alarma que chilla apenas percibe dedos ajenos. Si una fábrica de carteras acepta confeccionarlas en serie (tal vez con cuero de patas de pollo), serán el boom entre los caminantes del centro histórico.
Pucallpino de visita en Lima, Javier ríe y sufre ante la mesa del comedor diciéndole a su tía que el gerente de una firma taiwanesa le ha escrito para proponerle la industrialización de su funcional multillave y alicate múltiple que reduce a dos piezas la batería de herramientas que debe portar todo mecánico de respeto. Javier se ríe porque los orientales creen que se dirigen a un industrial prestigioso con las matrices de su invento listas para producirlas en serie cuando sólo es un pata de 24 años que estudia en una universidad del estado, y que nunca tendrá doscientos mil dólares en el bolsillo para ordenar la fabricación de tales matrices. Y sufre porque sabe que su invento podría hacerlo millonario.
Por eso no ha contestado la carta. Teme el robo de su idea. Después de tocar puertas, después de visitar oficinas alfombradas donde elegantes ejecutivos sólo lo reciben para decirle que no tienen presupuesto, él se resigna a los inventos de payasada como su lanzaglobos de tubo, para mojar chicas en carnaval, que una firma de plásticos se niega a industrializar, porque no tiene presupuesto.
Aquí se inventó el pelador de naranjas a manivela, como las vírgenes que lloran y a la música chicha. Perú es la tierra de Pedro Ruiz Gallo, inventor de un torpedo que, supositorio marino, cumplió bien su función atacando por la retaguradia la armada de un país invasor. Aquí también nació Pedro Paulet Mostajo precursor de la era espacial, que hoy la Nasa repite sus fundamentos de propulsión a chorro que la ceguera nacional dejó olvidada en una caja de notas de científico loco. Murió sin vender sus ideas a una firma norteamericana, porque albergaba la ilusión de ver una primera hazaña tecnológica peruana que nunca despegó del suelo.

***

Cuando en la primaria le dijeron que desde su casa hasta la escuelita de Huaral había tres mil metros, él no le hubiera dado mayor importancia al asunto. Aún varios años más tarde, en 1991, cuando en una ciudad japonesa le dieron un premio por haber ideado un contador de pasos que también mide distancias, usando una calculadora destartalada y su poderosa curiosidad, porque Pedro Toyama tenía que recorrer todos los días a pie ese trayecto, y porque gracias a su invención descubrió que los tres mil metros de la escuela a su casa eran en realidad 982 metros de polvoriento camino, el mismo que alguna vez recorrieron sus abuelos cuando llegaron de Japón en búsqueda de un porvenir.
Toyama ha calculado que una persona con buen ritmo cardiaco en toda su vida llega a dar ciento nueve millones con quinientos mil pasos, incluyendo metidas de pata; el equivalente a cubrir el Perú de Tumbes a Tacna treinta veces. Ahora que su papi ya le perdonó, entre otros estropicios, haber destripado el tocadiscos, también ha creado una alarma antisísmica que desconecta de manera automática el fluido eléctrico del hogar en caso de que la sacudida se convierta en terremoto. Tiene diecinueve años.
Estas tierras se jactan de muchas creaciones útiles, pero también de ingeniosas estafas documentadas por los matutinos, como la hamburguesa suculenta de papel periódico remojado en especias que algún vivazo vendió a buen número de caminantes de la plaza San Martín hace pocos años, el mismo que terminó en la cárcel gracias a un comensal con sexto sentido que abrió el sándwich y leyó en un trocito de carne una nota policial con mostaza que lo llevó a la comisaría más próxima para denunciar al embaucador del cuento de la celulosa y otros alimentos del futuro que el juez no se tragó.
Y a pesar de que registrar una patente por quince años cuesta cuatrocientos dólares, los inventores nacionales siguen en pie. Y Hans Sutter, limeño creador del código de barras, el mismísimo que una corporación extranjera patentó inmediatamente después que su registro caducará en Estados Unidos, dice que el verdadero inventor no piensa en el dinero, sino en inventar. Por eso su televisor de tercera dimensión con anteojos, su máquina de hilar pelusas de conejo y otras locuras geniales, tal vez no nazcan jamás.
Pero Edgar Pacheco y Hugo Cárdenas Jerí quieren que las cosas salgan caminando del laboratorio. Su bloquetera, que fabrica adobes más resistentes que ladrillos mediante un mecanismo compresor sencillo pero poderoso, es la primera piedra para una futura industria de la construcción, pero con económico barro, que volvería a ser el material noble de la arquitectura costeña e ingrediente de ilusorios rascacielos de lodo.
Molesto con la desventaja del inventor peruano ante el foráneo, se pasea orgulloso con su vaporizador de gasolina que hace de cualquier carcocha un rendidor auto japonés. Porque la obsesión del creador peruano es abaratar. Y luego de haber inventado el cigarrillo con encendido propio y la bicicleta automática, César Armesta tiene lista la primera refrigeradora de ladrillos y mayólicas, aparato baratísimo que no requiere energía eléctrica. El invento guarda un secreto técnico sencillo que consiste en la irrigación por una red de cañerías de un líquido que consigue el punto de congelación.
El presidente de la Asociación de Inventores del Perú, Falconeri Guzmán, se muestra entusiasta con su gremio. Supera los ciento veinte socios. Pero podrían ser más. La jefa de patentes Clotilde Cavero ha atendido a decenas de hombrecillos nerviosos que acuden a su oficina, tartamudean alguna información incomprensible mientras sudan aflojándose el cuello de la camisa y luego se marchan para no regresar jamás.
En el Perú los inventos disparatados como la ducha portátil a pedales, el oloroso champú de tripas de pescado o la tubería que obstruye el ingreso de las ratas al hogar, conviven con el nanofilme de Daniel Huamán, cuyas fotografías son cien veces más pequeñas que los microfilmes modernos y dos mil veces más baratas; o con las barras bloqueadoras para facilitrar el despegue de cazas rusos con máximo ahorro energético, obras de Genaro López, copiadas en su momento por la aviación soviética, que nunca lo recompensó. En una vereda del mercado central de Lima, Pablo Ochoa trata de vender su máquina para rellenar papas con cubos de zanahoria con el uso maestro de su verbo; en el Instituto de Energía Nuclear, Daniel Huamán transforma mediante procesos moleculares perlas color perla en preciosas perlas negras. Las ofreció en las mejores joyerías. Luego de admirarlas, todas le respondieron: Es una pena, señor, pero no tenemos presupuesto.

Víctor el Campanero

El sacristán que se comunicaba con el cielo

Puf, puf. Dos veces al día, la regordeta humanidad de Víctor Urbina Terrones sube jadeando por el interior del estrecho tubo de cincuentaiún metros verticales que es el campanario más alto de Lima, en la basílica de María Auxiliadora de Breña. Puf, puf, sube casi atorándose dentro de esa manguera de cemento cuya escalera de caracol parece fabricar peldaños. Así, trapo, lo escuchan llegar sus diez conejos, veinte cuyes y su gata Susana, encogida perezosa sobre la conejera.
Lo escuchan y corren a taparse los oídos. Porque ese resoplido funge en sus animales de estímulo pavloviano. La respuesta colectiva es pánico. Ya saben que Víctor Urbina atrapará de un brinco la soga colgante, se balanceará como un Tarzán panzón y un sonoro talán de terremoto retumbará en la paz del recinto. Sus cuyes quedarán vibrando como ratas a pilas. Taaannnnnnng.

Así darán las doce en Breña. O las seis en punto, porque Víctor Urbina, cajamarquino de nacimiento, treinta años como fiel campanero, es el rey de la puntualidad. Y sabe que del talán dependerán muchas cosas en el ámbito sónico del tañido. Si es de mañana, los jugos gástricos de medio distrito comenzarán a fluir, el aroma de las ollas anunciará la naturaleza del almuerzo y los peatones se detendrán un momento para escuchar el bello sonido de los bronces.
Si es de tarde, las viejitas saldrán a comprar el pan tolete para el lonche, los chicos de los colegios vespertinos gritarán ye preparando la salida y sus cuyes y conejos sabrán que un poco de flores de iglesia caerán, a falta de alfalfa, en la penumbra del corralito-campanario.

Y es que ser el sacristán de la iglesia mayor de los salesianos le ha dado a Víctor el alto privilegio de administrar a su libre albedrío la torre más alta de Lima, después del Centro Cívico. Mide lo que un edificio de veinte pisos, desde la robusta base hasta la punta de la cruz cristiana, pasando por la blanca estatua de María Auxiliadora y el Niño, que lanzan sus bendiciones sobre la segunda cuadra de la avenida Brasil.



Los ocho niveles de la torre sirven, uno lo ve a medida que va subiendo por la escalera de caracol, de depósito, puf, de ingreso al salón de coros, puf puf, de corral de cuyes, puf puf, de corral de conejos, puf puf, de palomar, puf, puf, de aposento del reloj de péndulo, repuf repuf, de recinto de las campanas y pufffff, de mirador espectacular de Lima. Pero, sobre todo, de plácida cueva de reposo para los trajines del día (barrer, trapear, lavar).


Los curas no saben que aquí crío mis cuyes, dice, él mordiéndose las uñas. No saben que él no tira las flores que traen los fieles al tacho de basura, sino que se las da de comer a sus conejos y cuyes, panzones como él. No saben que este lugar acariciado por la brisa marina que llega desde Marbella es lo más espiritual que tiene la iglesia, sobre todo cuando las palomas revolotean en torno al campanario. No saben que aquí se entiende mejor eso inexplicable que es Dios, tocando como un loco las campanas, llamando a misa, saludando a la procesión, festejando un matrimonio o lamentando –con lentos compases– la muerte de algún parroquiano.


No saben que él toca la campana y se recuesta contra el muro para ver a la gente que va llegando a la iglesia, como hormiguitas, esa gente para la cual, cada fin de mes, acude en su bicicleta a comprar veinte mil hostias en una panadería. Ni siquiera saben que una tarde la ciudad se quedó sin talán.
Las viejitas sin pan tolete sí lo notarían.

Las Reglas de Puch

Un ex comando patentó la lucha callejera

Medallón en el pecho, cabeza rapada, brazalete de púas, una cara de maldito, la finta bravucona mirando el pajarito. Roberto Puch, un comando que hizo de la pelea callejera su honor y su vida. Una vida dedicada a la violencia.



Primera regla: estudie al contrincante y analice el tipo de contextura de con quien lucha.
Si no lo ubicas asombrando cachacos de franco en La Colmena, fijo lo encuentras en su cuarto. Subes a la segunda planta de una quinta, en el centro, y entras al fondo rozando un pasadizo de quincha con puertas numeradas.

Te recibe contento. Te hace pasar a su oficina.
Hay un ídolo de brujería, un par de cráneos, unas zaetas de luz solar en la tapia picada. No hay sillas. Pudo ser un baño o un cuarto de escobas. Amontona su curriculum a tus pies: recortes periodísticos amarillos, álbumes fotográficos: lo ves jovencito, veintinueve años antes, realizando demostraciones de lucha en la plaza San Martín, lanzándose de un poste de seis metros en la Plaza Unión. Se ve más sensato como campeón de box peso ligero y de matón en una miniserie nacional.


Te muestra la portada de El Bakom, las reglas de la lucha en libro, la pelea criolla elevada a arte marcial. Su foto amenaza en la carátula. Le das un tiempo para que se afeite. Aparece con pantalón blanco, bividí blanco y la faja negra. En la cocina le dice a su mujer ya vengo.



Segunda regla: Mantenga la serenidad, razone, haga trabajar su mente con rapidez y seguridad, mantenga el cuerpo elástico y no rígido.

Alguna vez hubo

grandes peleadores callejeros. Tirifilo, Carita, la China Peralta –el homosexual diestro con la chaira que hirió de muerte a Tatán. La constancia los pulía. No tenían reglas. Usaban la botella, el cabezazo, la chalaca, la pesada, el boquillazo.


Yo era de Cinco Esquinas pero siempre bajaba a Las Carrozas, porque era curioso. Me escapaba de mi jato. Quería ver otra gente. Al negro Carechurrasco, al negro Bomba. Meterme en sus asuntos con las prostitutas. Como ciriaba a las mujeres, eso me trajo problemas. Empecé a bronquearme, por el honor.


Una vez me agarré con un negro, era pesador. El pesador te tumba y te regala en el suelo. Mis técnicas de victoria fueron la chalaca y la barrida. También el cabezazo. Hay dos formas de cabezazo, de frente y de costado. Mejor es de costado, porque va directo al mentón. Hay que agarrar de la camisa, para que no resbale. Jalas y metes la cabeza, el impacto es más seco, hasta lo puedes privar.


Gana como sea, defiéndete como puedas. Hay que empezar desmoralizando con el boquillazo, hablar lisuras y ahí viene la finta, el atarante, ahora te vo a quebrar, te vo a reventar. Si sientes miedo pones mente positiva y respiras. Aspiras la fuerza. Botas el aire. Botas los complejos, el miedo.



Tercera regla: Recuerde siempre que más vale maña que fuerza y recurra a la picardía criolla, es decir todo vale.
La línea 10 te deja en Acho y cruzas el puente. Ahora vas a entrar al barrio de Tatán, te advierte. A la izquierda, el ingreso a la Huerta Perdida; a la derecha el barrio de Las Carrozas. Una calle de cubos de tonos pastel, que se alarga como la cola de colores de una cometa sucia. Pandilleros saludándolo, hola Machaguay, el nombre de su personaje en la miniserie donde debutó como actor. Te señala la casa de Luis D’Unian Dulanto Tatán, una puerta de fierros y vidrios turbios y notas que un familiar del hampón ajusticiado, parado en el umbral, te sacaría la entreputa si les tomaras una foto.


Lo sigues por una quinta cavernosa de adobes que se bifurca, se abre en pampones con escombros y arcos derrumbados, se estrecha en callejones con negras hoscas lavando ropa, te tropiezas en el piso de tierra por ver a los sujetos en short, flacos como gatos, condecorados de cicatrices que te están manyando desde sus puertas. Toca y silba. Reúne a su gente: viejos amigos de pelo cano, bronqueros curtidos que salen en sayonaras, los rostros mal cosidos.
Hay tensión, Puch y los peleadores están en la pampa, en medio de los cordeles con ropa. El barrio gruñe, cómo van a sacar eso. Cómo van a tirarse patada y chaveta en plena mañana. Demasiadas miradas malas. Los niños te piden plata. Mucha gente está rodeándote. Puch te dice que estamos en la mismísima cuna de la pelea callejera. Repite cinco veces una patada voladora.

Cuarta regla: Repase y memorice los puntos débiles del cuerpo humano. ¿Qué significa una vida dedicada a la violencia? Significa que un tipo de cuarenticuatro años te diga que lo que más quiere en la vida es pasar a la historia por la mayor cantidad de botellas aplastadas en serie con la mano. Significa decirte, en una mesa de restaurante, ante un menú de lentejas con pescado frito, que fui comando a los veintidós años y aprendí a ver la muerte como tu única amiga. Lanzarte en paracaídas a la selva o al mar. De noche. Como prueba de valor. Para endurecerte. Recibir disparos en las piernas. Para curtirte. Preparar explosivos después que a tu compañero se le acaban de volar los dedos. Aprender a destripar con puñal. Sentirte en la guerra. Odiando.




Decirte que fue un trauma. Comentarte que uno de mi promoción terminó loco. Que allí se quedaron mis sentimientos. Que cuando salí del cuartel no sabía cómo una persona puede sentir alegría, como cuando nace un hijo. Yo no sentía eso, hermano. O amar a una mujer. Yo les pegaba. A mi mujer le pegaba. Lo único bueno era el sexo. Decirte que a veces siento una tristeza porque allí, en esos años, se quedó lo mejor de mí mismo.



Quinta regla: la desconfianza es parte de la sabiduría, ante un posible triunfo, no dé la espalda.
Te dice que empezó a enseñar pelea en la calle para satisfacer otro trauma. De niño no lo dejaron actuar en un programa de televisión.

Cuando salió del ejército, vio en la Plaza Martín a un mimo. Quiso ser como ese hombre fantástico que decía todo sin hablar nada. Que al poco tiempo era otro mimo en la plaza. Ese fue el primer paso. En dos semanas ya estaba haciendo demostraciones de artes marciales por un sencillo.



Sexta regla: La sorpresa es la piedra angular del éxito en la acción, cambie y combine tácticas diferentes en la lucha.
Un adivino un día me dijo tú vas a hacer cosas grandes. Supe a qué se refería. Me dediqué a juntar las técnicas de la pelea callejera. Ingresé a los círculos cerrados de pelea criolla, eventos clandestinos donde valía cualquier golpe, menos a la cabeza ni a los testículos, asistía gente adinerada, gente del hampa, mi chapa era el Cara de Acero y gané buena plata. Esto nadie lo dice así nomás.


Yo quería ponerle un nombre al boxeo criollo. Rogaba Dios mío mándame la revelación y mi hijo se cayó del banco. No pronunciaba bien. Dijo me caí del bacom, señalando el mueble. Me sonó bien. Así nació el Bakom: la unión de las artes marciales con la maña criolla. Para que te defiendas. Para que no te dejes humillar. Porque ya lo dijo Lao Tse: Luchar y matar es malo, pero no estar preparado para ello es un error.

Última regla: Nunca dé tregua al enemigo, por el contrario, asegure su derrota.

EL MISTERIO Y LA FURIA

*
El líder de las barras bravas se mató jugando a la ruleta rusa

Misterio apoyó el revólver detrás de la oreja, tiró del gatillo y se derrumbó en la cama. “No te juegues así. Levántate, huevón”. Los cinco chiquillos que se habían amanecido con él bebiendo en su cuarto de Jesús María sintieron de golpe que el alcohol dejaba de hacerles efecto.
Cuando lo levantaron vieron un charco rojo en el cubrecama. No era broma. Misterio se había matado.
Eran las 8:30 de la mañana del sábado 7 de junio de 1997. Estaban celebrando el aniversario de la Barra de Oriente. En el piso se veía restos de pollo a la brasa al lado de un par de botellas vacías de ron Pomalca blanco y un whisky James Martins. Minutos antes, Misterio había sacado del ropero su enorme Taurus calibre 38, que había conseguido hacía menos de un mes.
Descargó cinco balas y las arrojó al suelo. Dejó una en el tambor. Los muchachos, de diecisiete a veintidós años, no querían mostrar miedo. En diciembre del año pasado Rukely, miembro surcano de Trinchera Norte y amigo de Misterio, se había destapado el cráneo jugando a la ruleta rusa. ¿Quería imitarlo?
Misterio llevaba su foto en la billetera. En sus momentos de alcohol y sentimentalismo inevitable, la contemplaba. Tenía fea borrachera, asegura uno de sus amigos. “A ver, quién es capaz”, dijo, valentón, y se pegó el primer gatillazo en la sien. Sin bala. Él no tenía miedo, carajo. ¿Ellos sí? El arma apuntó el estómago de uno de los muchachos. Hizo click. Otra vez sin bala. Oe, loco, no te juegues así. Orgulloso de su arrojo, Misterio viró el arma contra sí mismo y apretó. El proyectil salió por el otro lado de su cabeza ¿Lo habría hecho a propósito? ¿No notó que la única bala del tambor se había acomodado para matarlo?
“Su sueño de toda la vida fue tener una pistola –dice su prima Karín Angulo–. Una pistola o una moto. Le decíamos: si te compras la moto, cómprate también tu ataúd, porque, como era loco, pensábamos que se iba a matar. Pero se mató con la pistola”.
(Foto de la PNP que acompañó a esta crónica en Somos)

Fue un sueño que pudo comenzar cuando, en octubre de 1995, dibujando con pintura en spray las letras que anunciaban el nacimiento de la barra de Lurigancho, un sujeto que se declaraba hincha del club Alianza Lima disparó desde un automóvil en marcha y mató a Caradura, su mejor amigo, cuando en realidad el proyectil había estado dirigido a Misterio. En el ropero del cuarto que compartía con su abuela, en su casa de Mangomarca, San Juan de Lurigancho, hay una diminuta inscripción: Caradura vive en mí. Está escrita con tinta roja.
O que pudo iniciarse con un deseo de venganza, cuando luego de robarle el polo de franjas azules a un aliancista, dos meses después de la muerte de Caradura, mientras apoyaba a la gente de la Turba en Magdalena en una pelea de pandillas, se agarró a puñetazos con un policía y recibió un disparo a quemarropa. Tuvo suerte. La bala no tocó ni arterias ni huesos. Pero le quedó el dolor del maltrato en el hospital y en la delegación. Y, lo que le daba más rabia, él estaba desarmado.
La noticia empezó a correr de esquina en esquina por todos los barrios peloteros de Lima. Misterio, el presidente de la Trinchera Norte, uno de los líderes más recios y queridos del submundo de las barras bravas, se había suicidado con su propia arma. Desconcertante. Todos recordaban haberlo visto alegrón, vociferante y atareado con las responsabilidades que demanda la presidencia de Trinchera. Realizar coordinaciones con la directiva del club Universitario de Deportes, comprar pasajes para que la barra pueda viajar a provincias siguiendo al equipo crema, repartir entradas al Estadio entre los treintaiún jefes de barras distritales, visitar auspiciadores y, sobre todo, liderar el trabajo más entretenido: la organización de la barra para que sea el duodécimo jugador de Universitario, inspirarla, motivarla con palabras, cánticos y diversas sustancias antes de ingresar al estadio.
También, y ése era el fin jamás oculto de la Trinchera, preparar el frente de guerreros para golpear, patear y escupir a los hinchas de los equipos enemigos. Haciendo esto se le podía ver en su entera dimensión: era un parador nato, un cabecilla que iba a la vanguardia de su gente sin retroceder jamás, capaz de matar por su equipo, su gente, su barrio, si hubiera sido necesario. Por eso lo respetaban.
Lo recuerdo con nitidez. Nunca lo vi riéndose. Me saludó con un breve movimiento de cabeza el par de veces que me lo crucé en la antesala de la revista donde me ganaba la vida. Era pata de uno de los editores. Le respondí igual. Lo veía con más frecuencia a la puerta del edificio, en la reja de la Bolsa de Valores. Pero ahí nunca saludó. Un compañero de trabajo interpretó que él lo miraba con odio. En realidad miraba así a todos. Tenía ojos de loco. Entonces pocos sabían quién era Misterio.

Dos muchachos llegaron a la sencilla casa de tres pisos en calle Los Keros de Mangomarca a dar la mala noticia. La familia se quedó muda. ¿Se había matado? Desde que tienen memoria, tía y tío Angulo Marchand sólo habían recibido quejas de su hijo adoptivo y sobrino. Lunas rotas, muros pintarrajeados, fugas del colegio, broncas, rebeldía, secundaria inconclusa, drogas, pésima reputación en el barrio, robo de un objeto religioso, más broncas. Mientras los cuatro hijos de la familia se portaban como angelitos, el adoptivo realizaba estropicios por todos ellos juntos y más. Ahora recibían una noticia que era como una boleta de mala conducta que tarde o temprano iba a llegar: alguien de la familia debía ir a la morgue del hospital Loayza para reclamar su cuerpo, pues se había matado con su propia arma, la misma arma grande y pesada que dió a guardar a su prima Karín las pocas veces que visitó a su familia en la casa de San Juan de Lurigancho.

Ella quiso disponer los servicios mortuorios. Llevó a la morgue un polo de la U porque creyó que era lo justo, un jean y una camisa que halló por allí, refundida, pues Misterio se había mudado hacía veinte días al cuarto de la calle Mello Franco, en Jesús María, llevándose casi toda su ropa, diciendo que la barra iba a pagarle la habitación, en medio de una sensación de estar yendo por fin a un lugar donde nadie le reprocharía sus horarios de lacra social.


De hecho, siempre se las había ingeniado para disfrutar de libertad. Trabajó desde muy pequeño para comprarse su propia ropa, como si la dignidad y el orgullo fueran cualidades innatas, algo que no le dejó volverse un niño tímido, que lo hizo, al contrario, un muchacho resuelto. Nacido para la calle, donde estaban los negocios y la vida.

La niñez de Misterio o Percy Rodríguez Marchand, como lo bautizaron sus padres, no fue muy afortunada. A los diez meses de nacido su madre murió de un triple paro cardiaco. Le habían recomendado no procrear, pero la joven de veinte años corrió el riesgo. Al poco tiempo, su padre lo abandonó. La familia de su madre se hizo cargo del bebé. Percy se crió con sus tíos como quien vive en un hogar prestado. A pesar de que toda su familia simpatizaba con el equipo de Sporting Cristal, especialmente su padrastro, trabajador de esa compañía cervecera y favorecido con acceso gratuito a los enfrentamientos del equipo celeste, al niño le bastó una vez el juego de Universitario de Deportes para convertirse en un vehemente hincha. La U no era un equipo frío, calculado, sino lleno de pasión y sentimiento. Esas cualidades lo marcaron, recordaba Misterio. A los diez años se escapó del colegio para ver jugar a su equipo en el Estadio Nacional. Siempre se las arregló para no pagar el ingreso. Por las buenas o las malas. Hasta que la policía lo capturó una vez con mil entradas. Tenía doce años. ¿Cómo las consiguió? Su familia lo trasladó a un colegio religioso, pero no tardó en ser expulsado.

Durante unos meses fue jugador de fútbol y su ímpetu más que su virtuosismo lo llevó a estar en el equipo de reserva de Universitario, pero la detección temprana de un soplo al corazón lo hizo renunciar al juego profesional.
Misterio empezó a jugar por la U en otro tipo de canchas. Conoció los hinchas de barrios más aguerridos, El Agustino, El Rímac, y se hizo conocedor de sus maniobras. Se ganó el respeto desde que le sacó la mierda a un pavo, apelativo que reciben los fanáticos del Sporting Cristal, que se atrevió a gritar gallinas a su mancha que tomaba sol en una esquina. En un día memorable, conoció a los fundadores de Trinchera Norte, un grupo de hinchas con antecedentes que surgió en 1988 como reacción ante la pasmosa mansedumbre de la Barra de Oriente de la U, que jamás enfrentaba a los comandos aliancistas, dando sustento a su apodo de gallinas. Hizo suya su consigna: defender el honor crema a cualquier precio.
Pero pronto conoció la decepción. Le molestaba hablar de eso, pero no desconocía los manejos corruptos de los dirigentes de la barra. Cuando tuvo la oportunidad, presentó su postulación a la dirigencia de la organización juvenil. En 1997 consiguió ser elegido presidente de la Trinchera Norte, con un notable apoyo. Su entusiasmo en la presidencia contagiaba. Su bondad sorprendía. ¿No era él quien pedía dinero a los jugadores del equipo crema para que la barra famélica tuviera qué comer en las horas previas a los partidos? Soñaba con quitarle la fama delincuencial. Sólo soñaba. Porque las calles, luego de los partidos, eran campos de batalla. Si no te defendías, te masacraban. Además, la gente inevitablemente quería bacilarse y no siempre había plata para hacerlo. Y el dinero a veces estaba en los bolsillos equivocados.

Karín encontró el cuerpo desnudo envuelto en una bandera crema. La Trinchera ya se había ocupado del cadáver. Pidió al hombre de la funeraria que vistiera a su primo muerto. Pero tuvo curiosidad. Examinó las heridas. Tenía el ojo izquierdo negro y un agujero de entrada detrás de la oreja y otro más hacia el extremo opuesto del cráneo. El hombre atractivo, viril, que había sido su primo lucía indefenso en un ataúd. Pese a su fama de mujeriego, mantuvo una relación de siete años con su enamorada Giovanna, también de Mangomarca. Planeaban casarse. Percy se había comprado un juego de muebles, una cocina, un vhs y un juego de comedor. El dinero que ganaba en la Bolsa de Valores, donde había aprendido a pasar acciones para ganarse el pan, era lo mejor que había recibido de otras manos en su vida. Antes se había roto el lomo como mecánico de la empresa cervecera Backus y había quemado suelas como vendedor callejero de libros y cadenas de fantasía. El progreso le llegaba a los veintiséis años en forma de electrodomésticos, cable, una Taurus calibre 38.
Le faltó la moto.

Karín estaba sorprendida. Veía largas colas de chiquillos estacionadas ante la casa durante el velorio, adolescentes que lo lloraban sin consuelo, cantándole a coro Misterio vive en mí, Misterio vive en mí, Misterio vive en mí, era para lagrimear de pena y de emoción. Pena y emoción exageradas cuando unos jóvenes, inspirados por algo inexpicable, sacaron la tapa del ataúd, abrazaron el cuerpo rígido de Misterio y le pusieron el polo crema de la barra de Agustinorte y, cuidadosamente, una viscera con el emblema de la U; la familia dejándolos hacerlo, como si el muerto no fuera de ellos sino de todos esos muchachos alcoholizados que moqueaban sin consuelo como si se les hubiera muerto el papá.

Dos días velándolo. Karín seguía sorprendida. Se acordó que la única vez que vio tanta gente en casa fue cuando Misterio cumplió veinticinco años. Hizo una anticuchada, llegó toda la Trinchera y ella, buena negociante, vendió cuarentaiocho cajas de cerveza. Al siguiente día misa de cuerpo presente en el estadio Lolo Fernández. El cura oficiando seriote y profesional. Luego, la vuelta de despedida al gramado, los huérfanos colgándose del cajón, coreando no se va, no se va, Misterio no se va. Pero la familia angustiada porque el entierro pagado por un canal de televisión en el cementerio Parque del Recuerdo estaba programado ese mismo día para las cinco y ya eran las cuatro y cuarto de la tarde, y la chiquillada no dejaba subir el féretro a la carroza para que su cabecilla no terminara de despedirse. Engañándoles el lugar del sepelio, porque no había espacio para tanta gente en el camposanto. Finalmente, el cajón descendiendo despacito al fondo de la fosa en olor de gloria, amigos cubriendo el ataúd con una bandera crema de quince metros y gorras y flores. Para el líder muerto por una temeridad y por una estupidez.
Duda cruel cruzando las cabezas de los familiares. ¿Alguna vez tendremos nosotros un entierro así?

SICAN DE FERREÑAFE







Sorprendentemente, la provincia de Ferreñafe, en Lambayeque, tiene uno de los museos más espléndidos del Perú. Allí están depositadas las reliquias de dos grandes señores de la cultura Lambayeque (Sicán), la misma sociedad que edificó las pirámides de Túcume y dio forma al famoso Tumi, uno de los símbolos del Perú. Es una cultura que floreció luego de los moches y antes de los Chimúes, entre los 800 y 1300 DC.
En este museo pueden verse salas bien acondicionadas donde se representan los dos entierros principales. Destaca el de un señor Sicán sepultado de cabeza en posición fetal, enmascarado con una bellísima careta de oro pintada de rojo. A su lado se ve dos mujeres, una en posición de parir, acostada y con las piernas abiertas, y otra mujer en posición de asistir a la primera. Esto se interpreta cómo una esperanza de renacimiento.


El director del museo es el arqueólogo Carlos Elera (arriba), quien trabajó con Izumi Shimada, el investigador de las tumbas de Sicán, y que ahora está empeñado en rescatar la identidad de raíz moche en la zona. Uno de sus grandes proyectos es convertir el bosque de Pómac, de 60,000 Has., en una reserva ecológica e histórica.