domingo, junio 04, 2006

El Museo de los Sentidos

Un recorrido por un centro cultural de Nueva York donde no existe la censura


El Empire State Building, el rascacielos más alto de la ciudad, exhibe su persistente erección de cincuenta años y pico en plena Quinta Avenida, justo debajo del ombligo de Manhattan. Nueva York siempre tuvo fama de ciudad excitada. Apenas seis cuadras abajo, en la Calle 27, en la misma Quinta Avenida, es posible distinguir un modesto edificio que desde hace poco figura en las guías oficiales de turismo, al lado de otros museos famosos de la Gran Manzana. Se trata del Museum of Sex, un rincón que atrae a viajeros de todo el mundo.
El Museo del sexo no recibe tantos visitantes como el Museo de Arte Moderno, MoMA, donde uno puede pasar el día entero entre Picassos, Van Gohgs y petrificados admiradores del arte, ni tiene tantos fans como el Museo Americano de Historia Natural, donde los dinosaurios parecen otear un descuido para engullirse a los visitantes. El Museo del sexo es, al contrario, un arsenal discreto y oscuro, que otorga a la pornografía un lugar entre las artes y oficios que enaltecen -o, al menos, mantienen ocupada- a la humanidad.

Un falo de dos metros de altura, hecho con rosas artificiales, regalo del semanario neoyorquino The Village Voice, se yergue como rosado vigilante junto a la boca de un oscuro pasadizo que conduce a la primera sala. En el piso se proyectan escenas en picado de gente caminando en la calle, gente ajena a la aventura cultural que el visitante está por comenzar.
Un par de muestras temporales cubre casi el 60 por ciento del edificio de dos plantas. La que recibe al público en el primero es Hombres sin trajes (Men without suits), exhibición multimedia que pone en pose al cuerpo masculino desde los albores de la civilizacion occidental (estatua de Kouros sin circuncidar) hasta el destape del señor músculo en el siglo XX, cuando fornidos muchachones peinados con litros de gomina eran convencidos de fotografiarse tolacas en nombre de la aestesia, es decir de la diosa salud. De ahí a la revolución gay no hay más que tres metros de fotos (marineros y capitanes, naipes mostrando soldados de todas las razas con las armas en descanso) y una vieja cómoda de soltero maduro, con colonias Old Spice, un televisor con betamax exhibiendo sesiones de lucha grecorromana al desnudo y cajones ahítos de revistas para hombres solos.

La segunda muestra, Stags, Smokers & Blue Movies, instalada en las penumbras de una habitación del segundo piso, es una muestra de los primeros filmes porno. Ocho películas de inicios del siglo XX ventilan sus tramas sin descanso. Por ejemplo, Buried Treasure, 1929, uno de los primeros dibujos animados porno y que trata de un libidinoso personaje, contemporáneo del primer Micky Mouse, que debe gobernar a su temperamental miembro viril, capaz de separarse de la entrepierna del enfurecido amo para correr con patitas testiculares en busca de sus propios vacilones. Es la historia de un esclavo de su pene.
No menos interesate es The Casting Couch, 1924, porno dura y muda que satiriza desde esa época las prestaciones que ciertas actrices novatas debían rendir a los mandamases de Hollywood, en pos no de la patadita debutante sino del decidido empujón rumbo al estrellato. Aquí tambien puede verse una rareza del cine mudo, la frenética cinta homoerótica Tres Camaradas, 1928, en la que un grupo de marineros se trae abajo un humilde camarote gracias a sus vigorosas maniobras en proa y popa.
El público aquí circula cabizbajo (las películas se proyectan sobre sendas mesas blancas) y se detiene a contemplar las evoluciones en blanco y negro, granulosas, pero vivas, de actores que hace tiempo descansan bajo tierra y que dejaron como testimonio histórico su indesmayable entrega al séptimo arte. Son cintas underground que fueron estrenadas al abrigo de la clandestinidad, en clubes de hombres, en fraternidades exclusivas y que solían terciarse con la visita de prostitutas, si es que una redada policial no ponía fin a la función.

Este museo es bilingüe. El anfitrión es Rodrigo García, mexicano que tolera cámaras fotográficas, pero no filmadoras, para evitar el pirateo de sus reliquias cinematográficas. “Los visitantes vienen con curiosidad. Creen que se trata de una sex shop como las que abundaban en Times Square o las que hay en Amsterdam. Pero encuentran un lugar que ofrece un recorrido por la historia sexual de América”, señala con gravedad.
La sala que más demora a los curiosos es la que alberga a la exposición permanente. Quizá no llamen tanto la atención los vibradores a manivela del año 1900 ni los calzones de cuero y fierro para desmoralizar adolescentes onanistas, ni una ingeniosa orgía en historieta protagonizada por los muñecos de Walt Disney, sino una delirante colección de pretenciosos inventos sexuales. Aquí yace suspendido entre cables de nylon el primer traje cibersexual de la historia. Armado en 1993 por Stahl Stanslie y Kirk Woolford, el Cyber SM, que más parece una máquina de terror, buscaba proporcionar al consumidor solitario una enervante gama de estimulaciones multisensoriales extremas, desde cosquilleos y masajes, hasta correntadas de dolor vivo. El usuario atrapado entre estos alambres retorcidos, casco, fajas, correas y pinzas para tetillas debió sentirse como un castigado personaje de Matrix, si es que no terminó electrocutado y con una tremenda cuenta por electricidad. Lo cierto es que ningún visitante ha pretendido ponerse el traje hasta ahora.

Al centro de la sala, capturando una prolongada atención, destaca un sillón de dentista. O más bien de ginecólogo. Se llama The Trill Hammer y es el consolador más aparatoso del mundo. Todos esos accesorios de acero pulido que sirven para izar piernas o sostener brazos no buscan sino acomodar a una dama sobre un pene de látex de generosas proporciones. El giro constante del falo sintético, como la cabeza amenazante de una cobra, se convierte en el eje de este silencioso salón a veces violentado por nerviosas risitas y alaridos provenientes de un monitor interactivo que ofrece al visitante videos en los que mujeres reales abusan del Trill Hammer a toda su potencia. Los creadores de este electrodoméstico para damas apuradas son Dan Siechert y su feliz esposa Jan, ambos -más parecidos a pastores evangélicos- lanzando risas desde un retrato colgado en la pared.
También hay aparatos que no requieren baterías, las llamadas fucking-machines, como la mecedora erótica Monkey Rocker, inventada por Allen Stein, y que es una especie de bacinilla con agresiva sorpresa emergente. Y la 2-2 Tango, una lanza fálica a manivela que requiere de un cómplice con cierta puntería.

En esta galería se prohíbe tocar, pero una obra sí admite caricias. Es un torso femenino de generosos senos, fabricado con el mismo material sintético de las real dolls (las muñecas que brindan una sensación táctil muy parecida a la piel humana. Una de ellas observa al público, boaquiabierta, dentro de una vitrina). Aunque unos caracteres claman tocar con delicadeza, los pechos lucen la insanía de algunos visitantes: les arrancaron los pezones. La vigilancia en el museo ahora es constante. Hace poco un turista fue sorprendido garabateando un cuadro valioso. “Es como si este museo pusiera al descubierto muchas emociones raras”, señala uno de los guardianes.
Al fondo de la galería, detrás de las exhibiciones de revistas, artefactos ópticos de efecto 3D, y pinturas originales del ilustrador Keith Haring, se ubica un discreto rincón para la soledad del cinéfilo. A diferencia de la exposición de cine mudo antes mencionada, aquí se muestran las joyas de la edad de oro del cine porno a color. Como se trata de un museo y no de un cine tres equis común y corriente, las películas son antecedidas por textos que explican su ubicación en el tiempo, las motivaciones de los directores y el impacto que sus piezas de entretenimiento generaron en su época. Gran cantidad de turistas llegados de Japón y Corea se acomodan en los cubos que sirven de butacas y, con curiosidad antropológica, abren los ojos para asombrarse con las atléticas maniobras del amor occidental.
Mientras los orientales quieren verlo todo con la nariz pegada a los cristales, los occidentales se muestran pudorosos y anteponen distantes risas y comentarios sarcásticos ante las fotos, estereoscopías y películas que se airean con alegre desenfado. Sólo un anciano muestra con total sinceridad su alegre asombro, sobre todo ante el olograma en tamaño real de un erguido culo de negra.

El principal contribuyente de este espacio que ruboriza a muchos visitantes criados en la fe cristiana es el ex curador de la Librería del Congreso Ralph Whittington, quien en los años setentas, a falta de quien lo hiciera seriamente, se puso a coleccionar y catalogar todo el material porno que caía en sus incansables manos. También reunió más de 400 películas, 700 videos, 1500 revistas, muñecas inflables y negrísimos zapatos de mujer, uno de sus más caros fetiches. El mismo Whittington (y otros especialistas) diserta para quien quiera oírlo desde un monitor dispuesto en una especie de confesionario.
Pero el fundador del Museo del Sexo es el diseñador de páginas web Daniel Gluck, que el 2002 inauguró este lugar dotándolo de un arsenal de curiosidades que suele renovarse. La primera muestra se llamó Cómo Nueva York cambió el sexo en Estados Unidos. Es obvio que aquí falta por lo menos una referencia a los huacos eróticos de la cultura Moche, si pretendemos hablar de sexualidad humana, pero el museo tiene apenas tres años y el fundador confía en la generosidad de sus benefactores y simpatizantes. Si usted quiere colaborar con la Fundación, escriba a collections@museumofsex.com

El merchandising del MOS es colorido y apunta al bolsillo alegre. La tienda de souvenirs exhibe probados tratados sexuales, manuales con consejos íntimos para sorprender a la esposa apática, llaveros hilarantes, cremas facilitadoras, tazas para el desayuno en la cama, condones dulces, polos del museo, redondos senos de látex para combatir el estrés, consoladores de distintas blanduras y durezas y hasta dotados con orejas de conejito y rellenos con bolas de acero. Y sobre todo hay aquí decenas de revistas con los trabajos fotograficos más asombrosos. Los visitantes salen del museo con la sensación de haber hecho el amor con Nueva York.
Afuera, el Empire State Building surge más rígido que nunca.


Original publicado el 2005 en La Primera.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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